11.11.11

DESPERTAR A LA REALIDAD


El asesinato del 12 de Marzo de 1977 por parte de la Guardia Nacional del sacerdote jesuita Rutilio Grande. A partir de este hecho, Monseñor Romero se dedicó a denunciar los abusos de los derechos humanos de los pobres y los actos inhumanos cometidos por los escuadrones de la muerte y de otras fuerzas paramilitares, supuestamente bajo el mando del Mayor Roberto D'Aubuisson.
En enero de 1980, Monseñor Romero le escribió al presidente estadounidense rogándole que cesara la ayuda económica y militar a El Salvador. En su carta, le señaló: "Está siendo usado (el dinero) para oprimir a mi pueblo". Monseñor Romero recalcaba que los Estados Unidos debía  entender la posición de las fuerzas armadas que cometían brutalidades entre la población urbana y rural y que la ayuda tendría que cesar. Sus cartas y súplicas fueron ignoradas. Luegos de dichas cartas, Monseñor Romero recibió amenazas en contra de su vida y por ende decidió que sus colegas sacerdotales no lo acompañaran más en público por razones de seguridad.
El domingo 23 de marzo de 1980 invitó al pueblo a unirse a la lucha en contra de la Fuerzas Armadas y del gobierno corrupto de una junta militar establecida luego de un golpe de estado.
Finalmente, Monseñor Romero dirigió su mensaje a los soldados del Ejército Salvadoreño, la Guardia Nacional, la Policía Nacional y a los integrantes de los escuadrones de la muerte diciendo: "Yo quisiera hacer un llamado de manera especial a los miembros del ejército y en concreto, a las bases de la Guardia Nacional, de la Policía y de los cuarteles. Hermanos: son de nuestro mismo pueblo, matan a sus hermanos campesinos y antes de una orden que da un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice, "No matarás". Ningún soldado está obligado a obedecer una orden en contra de la ley de Dios. Nadie tiene que cumplir una ley inmoral. Ya es hora de que recuperen su conciencia y que obedezcan a su conciencia antes que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de la ley de Dios, de la divinidad humana, de las personas, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. La Ley de Dios debe prevalecer. En el nombre de Dios pues, en el nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo, les ruego, les suplico, ¡LES ORDENO EN EL NOMBRE DE DIOS QUE CESE LA REPRESIÓN!".

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